Por: Pastor Jose Luis Navajo
@jlnavajo
Soy pastor desde hace treinta y cuatro años, y debo confesaros que durante algún tiempo no fui justo con los míos; mi familia fue para mí una prolongación de la iglesia.   Lo que llegaba a casa después de cada jornada –lo que ella, mi esposa, recibía en el hogar- era un hombre demasiado cansado como para darle la atención que merecía y necesitaba.

Tuve que pedirle perdón a Dios y también a ella por un error de tal calibre.

Dios me guió en un ajuste de valores y mis tres dulces mujeres –mi esposa y mis dos hijas- pasaron a ser los miembros principales de mi congregación a las que cuido y ministro con especial cuidado.

Puedo decir, feliz y agradecido, que tras ese ajuste la iglesia no se ha resentido, pero mi familia ha reverdecido.

Doy gracias a Dios por mi esposa y a ella también le agradezco porque no ocupa su lugar… sino que lo llena.

CARTA A UNA ESPOSA DE PASTOR

Amor mío:

Finalizado el servicio de la tarde te vi. Tu sonrisa era como un faro entre los bancos de la iglesia. Al mirarme, esa luz me alcanzó hasta casi cegarme y quedé meditando en muchas cosas que hubiera querido decirte.

Amor mío ¡Como desearía que tu existencia pudiera ser normal! Pero cien ojos examinan tu vivir y cien bocas lo comentan. Si estrenas un vestido es noticia de interés general y tu visita a la peluquería casi figura en la crónica de sociedad. Lo más injusto es que, a menudo, los comentarios se tiñen en un matiz de censura; como si no tuvieras un cuerpo que cubrir o cabello que peinar.

Te ves obligada a medir tus palabras, calcular tus gestos, contener tu enojo, disfrazar tu frustración, cubrir tu desánimo y meditar tus pasos, pues la identidad ineludible te persigue: Eres la esposa del pastor.

Pocos papeles en la vida exigen del mismo sacrificio.

Convives con la sensación de compartirme con cientos de personas. Terminado el servicio del domingo muchos se aproximan para comentar mis palabras ó buscar un consejo mientras sus manos estrechan la mía y se posan en mi hombro.

Sé que a veces has sentido tu hombro desamparado y una mirada resbaló por tu mano que anhelaba el calor de otra mano. Pero enseguida retornó la luz a tu mirada. “Lo importante – Dijiste – es que él esté feliz, que sea fiel a su llamado, que cumpla su ministerio”.

¡Cuántas veces aguardaste con paciencia mi regreso al hogar! El día fue largo y el tiempo discurrió tan quieto como inquietas las niñas, nuestras hijas. Varias veces te derrumbaste en la silla y cerraste los ojos.

Las horas pueden parecer siglos y por momentos el hogar se muda en un encierro. En momentos así recuerdas los días, antes de la suprema decisión, en que había despacho más grande y jornada más pequeña, más salario y menos canas. Pero luego sonríes incómoda, presa de sentimientos de culpa por haber añorado esos tiempos.

El reloj del salón emite demasiadas campanadas cuando la puerta se abre ¡Por fin! Te aproximas a mí con ilusión de novia… pero un solo vistazo es suficiente. Lo sabes bien, mis oídos están tan cargados de confesiones que apenas podrán seguir escuchando. Mis manos, que has tomado entre las tuyas, acariciaron tantas heridas que no tienen ganas de acariciar y mi cabeza tan llena no admite más problemas.   Necesito reposo.

“¿Cómo fue el día?” Te pregunto.

“Bien, todo fue muy bien”   No me mientes… sólo me amas.

El pasado domingo reparé en tu cabeza inclinada mientras predicaba. Cuando alzaste la vista te miré; creo que nadie más lo percibió pero mis ojos dibujaron una declaración de amor y de gratitud para ti:

“Gracias, cariño. – Intenté escribir con el pincel de mi mirada – Bien sabes que sin ti no podría. En tu sonrisa encuentro alas para visitar la altura y traer agua fresca a la iglesia.

Gracias porque podrías ser mi lastre, pero eres mi vela.

Pudiéndome atar al valle me acercas al monte.

Gracias porque, lejos de sellar mis labios, los llenas de mensajes.

Podrías arruinar mi ministerio pero lo confirmas y engrandeces con tu apoyo.

Gracias por ser compañera y no adversario; por elegir ser soporte y no carga. Gracias por respetar mi silencio y retrasar mi encuentro con los problemas cuando me notas cargado.

Tú dibujas un Sol en mis noches oscuras e infundes fe en los días inciertos.   Eres una ventana al cielo por donde Dios se asoma a mis momentos más duros.

Querida mía, te necesito. Dios me llamó, pero tú me ayudas a responderle cada día.

Sé que recibiste el mensaje porque una lágrima respondió con luz a mi mirada.

Luego inclinaste de nuevo tu rostro en oración mientras yo terminaba de predicar.

Jose Luis Navajo y esposa Gene

 

Jose Luis Navajo
Escritor, Conferenciante y Pastor
www.joseluisnavajo.com
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